Let's do this. Tiro ideas.
Setting: 20 minutos en el futuro. Latinoamérica se convirtió en una tierra sin ley. Bajo el pretexto de "liberar la región del yugo europeo", movimientos revolucionarios financiados por corporaciones derrocaron a los gobiernos nacionales, revirtiendo el trazado geográfico a un simulacro vagamente inspirado en América precolombina, dividido en protectorados trazados de acuerdo a los territorios que antiguamente estaban ocupados por los distintos grupos étnicos. Esto es, por supuesto, una farsa; la realidad es que la región se encuentra controlada por un puñado de corporaciones en guerra constante por expandir sus fronteras, utilizando a los habitantes como mano de obra barata, sujetos para experimentación ilegal, y tropas privadas.
Argentina ya no existe; su superficie quedó dividida en siete protectorados correspondientes a los antiguos territorios de los querandíes, guaraníes, comechingones, diaguitas, huarpes, mapuches y tehuelches, cada uno de ellos bajo el control de una corporación internacional, que ejerce su control a través de empresas subsidiarias con gran renombre local: Techint, Coto, Quilmes, etc.
Debido a la riqueza natural de la región, las siete corporaciones combaten ferozmente para aumentar su territorio y expulsar a sus competidoras. La gente se ve obligada a participar en este conflicto para obtener cupones de alimento, agua, medicina y techo.
La vida en los protectorados es corta, injusta y miserable: centros urbanos construidos con módulos prefabricados alojan cientos de millones de personas hacinadas en habitáculos no más grandes que una cama. Semanas laborales de cien horas, sin vacaciones, sin descanso, y sin otra salida que la tumba. El proletariado vive y muere al servicio de una pequeña élite indistinguible de la nobleza medieval; los únicos con dinero suficiente para beneficiarse de los avances de la sociedad moderna: biotecnología, cibernética, hiperrealidad virtual, etcétera.
Entre el proletariado todos recuerdan la antigua Latinoamérica. Los tiempos antes de las corporaciones. Muchos fueron los intentos de librarse de sus garras, pero todos fueron reprimidos de forma rápida y brutal: la brecha tecnológica es demasiado grande, y el control de las corporaciones es demasiado eficaz. A pesar de ello, diversas facciones continúan su lucha para debilitar el control corporativo, reivindicando antiguos héroes regionales en demostraciones de sabotaje y sublevación.
La persona común, sin embargo, está más preocupada por comer al día siguiente que por absurdas gestas heroicas. El hambre y la enfermedad son moneda corriente entre la clase trabajadora, que recibe gran parte de su sueldo en forma de cupones de comida, vestimenta y otros servicios básicos ridículamente sobrevaluados. Pero no todos tienen esa suerte: los rincones oscuros de las megaciudades están atestados de indeseables, gente que quedó fuera del sistema por distintos motivos. Estos parias, incapaces de cubrir sus necesidades más básicas, conforman un estrato que subsiste a la sombra de la sociedad: el inframundo.
Apartados del sistema, los infras sobreviven en un entorno dominado por la violencia. Sólo aquellos con talento, astucia y una gran dosis de suerte son capaces de navegar este ambiente cruel y sombrío: matones, traficantes, hackers y estafadores, que ofrecen sus servicios al mejor postor. Estos sobrevivientes se organizan en grupos mercenarios, que llevan a cabo el trabajo sucio de empresas e individuos adinerados. Su existencia misma es un secreto celosamente guardado por los medios y las fuerzas de seguridad. Empujados por la necesidad y la ambición, ponen su vida en riesgo por unos pocos créditos, involucrándose en conflictos corporativos, espionaje industrial, guerras de pandillas y asesinatos de alto perfil. Diversos y excéntricos, los mercenarios sólo tienen en común su sed de riqueza. En un mundo asfixiado por el control, los mercenarios son una fuerza impredecible, capaz de determinar el curso de la historia.
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