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Caminé hasta la sala y me senté sobre el sofá, encendiendo la tv y buscando entre los canales algo bueno para ver. El sofá era suficientemente grande para albergar a al menos tres personas, pero Argentie se sentó sobre mi de nuevo, acomodándose sola esta vez sobre mi verga, meciéndose y frotándose sobre ella. Ninguno de los dos estaba viendo la televisión a esas alturas, y ahora fue ella quien tomó la palabra.
-¿Qué es esto duro que tienes aquí? -me preguntó inocentemente.
Decidí decirle las cosas sin miramientos y tomé aire para comenzar.
-Es mi pene Argentie.
-¿Y qué es eso?
-Es lo que tenemos los hombres en donde tú tienes tu cosita -le contesté, poniendo mi mano sobre su vagina de nuevo, como para señalarle de qué estaba hablando pero con obvias intenciones reales.
-¿Ustedes hacen pipí por ahí?
-Ajá.
-¿Y por qué se te pone así de duro?
-Es que me gustas mucho Argentie. Un pene se pone así cuando un hombre está con una mujer que le gusta.
-¿Y también se siente rico cuando lo tocan?
-Sí, mucho. ¿Quieres hacerlo?
-Pues… bueno…
Se movió y quedó sentada a mi lado y empezó a recorrerlo por encima del short con su mano, apretándolo un poco.
-¿Puedo verlo? -me preguntó.
No contesté, sólo tomé mi short y lo deslicé hacia abajo, agitando las piernas para quitármelo totalmente. Mi verga saltó, más dura y palpitante que nunca. Llevó su mano hacia ella y la recorrió desde la base hasta la cabeza, mirándola con mucho interés, como poseída.
-Mira, agárralo así -le dije, guiando su mano a la base-. Agárralo completo y aprieta un poquito. Ahora empieza a subir y a bajar con tu mano.
Empezó a masturbarme, obediente, y yo sentía que me iba al cielo. Ella miraba atentamente mi pene mientras subía y bajaba con su mano y, a instrucción mía, aumentó la velocidad. Yo sentía que ya estaba a punto de terminar después de un rato, pero me contuve con todas mis fuerzas.
-¿Quieres probarlo?
-¿Cómo?
-Chupándolo y lamiéndolo como una paleta. Eso también se siente muy rico -le dije.
Dejó de masturbarme y lo miró por unos segundos, y entonces bajó su cabecita y le empezó a pasar la lengua por la cabeza.
Su lengüita húmeda se sentía deliciosa. Dejó de lamerlo, abrió la boca y empezó a darme una mamada inexperta. El calor de su boca me tenía al límite y poco a poco, con mis instrucciones, dejó de cometer errores como lastimarme con los dientes y terminó dándome la mamada de mi vida. Me lamía los testículos, subía desde ahí hasta arriba con su lengua y se metía una buena porción de mi verga en la boca. chupando como desesperada con una habilidad que ya quisieran muchas mujeres de 20 con las que había estado antes.
-Sabe raro pero muy rico -me dijo, sacándoselo de la boca y mirándolo.
Yo sentía que ya me faltaba muy poco.
-Mira, ahora vamos a hacer esto. Ponte de rodillas enfrente de mi -le dije, poniendo una mano sobre su espalda y empujándola un poco. Se veía hermosa viéndome desde abajo, de rodillas en el suelo-. Ahora empieza a chupar la punta y también jálamelo con una mano como te dije antes, apretando desde la base hacia arriba.
Ella, obediente niñita que era, se puso a trabajar al momento.
-Mírame.